Estética del Polo Norte

Estética del Polo Norte, de Michel Onfray es un libro de amor, de amor y de respeto a un padre sacrificado, obstinado, luchador y enfocado en dar una vida mejor a sus hijos. El libro empieza con una dedicatoria preciosa de una página en la que Onfray explica el porqué de este viaje a la Tierra de Baffin, que pertenece a las islas del archipiélago ártico canadiense, tierra de los esquimales o inuits.

Con la edad de diez años, el autor pregunta a su padre, alguien que no había salido en toda su vida de su pueblo de la Bretaña francesa, donde viajaría si tuviera la oportunidad. Su padre contesta “el Polo Norte”. Cuando su padre cumplió ochenta años, le regaló este viaje a la Tierra de Baffin, más allá del círculo polar ártico. No podría empezar mejor esta libro, un viaje emotivo, de reconocimiento y de agradecimiento a la figura paterna.

 


 

Hacía tiempo que quería leer Estética del Polo Norte.  Tenía alguna reticencia porque su autor es filósofo, y algunas veces no entiendo a los filósofos, pero en este caso lo dice todo muy claro, y además de una manera que te envuelve, es un libro realmente precioso. Si un libro está en mi blog es porque lo he leído y me ha gustado, y es recomendable, no haría una reseña de un libro que no me gustase, aunque siempre puede haber aspectos que te convenzan más que otros. En este caso es un libro que ha destacado por encima del resto de los que he leído últimamente, me ha encantado y lo recomiendo 100%. Hay páginas que realmente son para enmarcar. Es el primer libro que leo de la editorial Gallo Nero y me ha gustado muchísimo por donde apuntan.

El relato del viaje empieza con un recorrido visual, descriptivo de la Tierra de Baffin, casi cinematográfico. Lento, pausado, conceptual, recreándose en la descripción y el detalle. Te envuelve hasta casi sentir el frío, la congelación, la quietud polar.

A lo largo de todo el libro recurre a Pauloosian (deduzco por alguna descripción que es el hombre que aparece en la portada), un anciano inuit, un hombre que ha vivido la transformación de su espacio vital. El cambio climático, es algo que estamos acostumbrados a oír en televisión, pero no en todos los puntos del planeta tiene la misma incidencia. En el Polo Norte el cambio ha sido enorme en unos pocos años. Los inuit más ancianos han visto como el hielo ha retrocedido, los animales han huido, las comunicaciones se vuelven complicadas, ya que las placas de hielo se rompen e impiden moverse ya sea con motos de nieve o con trineos. Su forma de vida tradicional se ha transformado por necesidad. El cambio climático es algo de lo que todo el mundo habla, pero allí se convive con él.

 

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Una foto publicada por Stephane Rousseau (@thestephanerousseau) el


 

El frío extremo condiciona tanto la vida, que hasta la anatomía esquimal se ha adaptado a él. Sus cuerpos son reducidos, para que sus miembros no estén alejados del corazón, su rostro es plano, para evitar que el viento penetre, sus ojos entornados para evitar la luminosidad y el frío. No hay vello en el rostro donde la escarcha pueda formarse. Todo lo superfluo desaparece, el inuit se alimenta, no hay lugar para la gastronomía, se ingieren calorías. ¿Acaso no son más chefs del mar estos pueblos que modernos cocineros?

Hace mención en varias ocasiones de algo que ya había oído hablar, los inuit o esquimales, no toleran bien el alcohol, no metabolizan el alcohol en sangre, sufren etilismo crónico. La introducción del alcohol por parte de los accidentales en estas sociedades tradicionales supuso, junto con las enfermedades occidentales transmitidas, una de las causas principales de muerte de la población inuit. Hasta tal punto es un problema, que en Baffin el alcohol está prohibido.

 


 

Al leer Estética del Polo Norte no he podido evitar encontrar las similitudes con lo que contaba Jared Diamond en El mundo hasta ayer. Las características de las sociedades tradicionales y su rápida occidentalización se pueden ver tanto en la cultura inuit como en los pueblos de Nueva Guinea. Un proceso de occidentalización, que ha traído consigo el turismo, un turismo de sufrimiento como lo llama Onfray. Los turistas se recrean en aquellos elementos más duros de la vida en el Polo, buscan experimentar el frío, la falta de higiene, las mordeduras de insectos (si, mordeduras), humedad, dolores…

Hay una buena parte del libro dedicada a la crítica del proceso colonizador, en primer lugar a los misioneros moravos (iglesia evangélica pre-luterana), después las deportaciones de inuits del gobierno canadiense, un episodio poco conocido, y posteriormente el uso de islas ballerenas polares como escombrera de residuos químicos. A lo largo de todo el libro Michel Onfray da buenos palos a la religión cristiana, a sus bases adoctrinadoras, sin ambages y eso siempre gusta.

 

 

Para terminar, y cerrar el círculo que empezó en las primeras páginas dedicando el libro a su padre, reproduce algunos párrafos de su libro El deseo de ser un volcán. Diario hedonista, escrito en 1992, en el que habla más de su padre, su relación con él, y del amor que siente por su figura. Un culmen fantástico para un libro que me ha dejado muy buen sabor de boca.